sábado, 5 de diciembre de 2015

Este texto se emite por entregas mensuales. Y se lee, a diferencia de otros blogs de arriba para abajo, por lo cual, las nuevas entregas están al final de la página.

domingo, 25 de octubre de 2015

"Memorias de un Enfermo Nervioso" - Capítulo III





(Este texto se emite por entregas mensuales,y se lee, a diferencia de otros blogs de arriba para abajo, por lo cual, las nuevas entregas están al final de la página.)



"Memorias de un Enfermo Nervioso"
 Capitulo lll









Si no existiese la escritura
estaríamos sometidos a
terribles depresiones.”
Peter Greenway






Sabina Beher,
viuda de Daniel Pablo Schrever
es quien intenta reproducir aquí, valiéndose solo de recuerdos, el capitulo lll de las Memorias de un Enfermo Nerviosos.
Como es ya de público conocimiento, mi esposo publicó sus memorias en 1903 y al poco tiempo el libro se agotó en todas las librerias, haciéndo suponer al principio que había sido un éxito de ventas, pero pronto nos enteramos que el libro no había llegado a venderse porque la familia de mi esposo había adquirido y retirado de circulación todos los ejemplares en existencia en todas las librerías de la ciudad.
Este complot familiar sumió a mi esposo en una terrible depresión ya que por su expresa disposición las Memorias se habían publicado omitiendo el capítulo lll en consideración a la familia Schrever. Pero esa discreción parecía no haber sido suficiente ya que la despótica familia retiro la totalidad de los ejemplares en un intento de que su ilustre apellido y las intimidades  familiares no fuesen expuestas ante la opinión pública.
Poco tiempo después murió la madre de mi esposo a la avanzada edad de 92 años. Yo también estuve gravemente enferma y el caso es que todas estas adversidades juntas hicieron que la enfermedad mental de mi esposo volviese a manifestarse por lo que tuvo que ser internado esta vez en la clínica del Asilo de Dosen en Leipzig  donde finalmente murió en 1911.
En lo que respecta al capítulo lll de las memorias, la actitud de mi esposo fue cambiando en los últimos años de su vida. Durante el tiempo que escribió sus memorias en el asilo de Sonnenstein yo conocí el contenido del capitulo lll puesto que en mis frecuentes visitas, él mismo me leía extensos párrafos de sus textos para que yo opinase y lo aconsejase. 
En el momento de la publicación me pareció acertado que eliminase el capitulo lll por respeto al honorable Dr Flechzig que aún vivía. Luego el secuestro de la publicación por parte de sus familiares lo sumió en la desesperación. Pero al morir su madre su actitud cambió. Un día, desolado, me leyó el capitulo lll, que no había sido publicado pero que aún formaba parte de su original manuscrito, y diciendo que esos escritos nunca deberían echar la mas mínima sombra sobre la memoria de su madre, lo quemó ante mis propios ojos.
Mi esposo murió poco tiempo después el 14 de abril de 1911.
 Pronto se cumplirá ahora un año de su desaparición y yo Sabina Beher viuda de Schrever a la edad de 54 años y en plena posesión de mis facultades mentales y en carácter de heredera universal y albacea de los bienes de mi esposo me he propuesto dar a conocer el misteriosos contenido del capitulo lll de las Memorias tal como yo lo recuerdo pero con mis propias palabras que no ya con el cuidado estilo del autor.
 Entiendan los lectores que me resulta muy dificil tratar de reproducir un texto que me fue leído por mi esposo tal ves dos o tres veces no mas y hace ya muchos años, y que puede ser la clave para comprender la totalidad de su obra.
Por lo tanto debo advertir que yo recuerdo con claridad el contenido “argumental” del capitulo lll, y sin duda se me olvidan tal vez detalles narrativos, pero en esencia el contenido del capitulo lll de la Memorias era tal como yo aquí lo expongo a continuación.


Sabina Beher
Berlín 1912












Daniel Pablo Schreber
Memorias de un enfermo nervioso”
Capítulo lll

Lo expuesto en el capítulo 1 y 2 fue necesario para preparar la comprensión de lo que sigue. Lo que hasta aquí no pudo, en parte, ser sentado más que como un axioma, recibirá ahora la fundamentación que el estado del asunto posibilita.
Trataré en primer lugar algunos hechos acaecidos a otros miembros de mi familia que concebiblemente podrían estar en relación con el presunto almicidio, y que, de todas maneras, llevan impresos todos ellos un sello más o menos enigmático, difícil de aclarar por medio de otras experiencias humanas.




Mi padre murió cuando yo tenía 19 años. Yo era un joven frágil por entonces, a pesar de las continuas prácticas gimnásticas a las que él me había sometido desde niño. Ahora puedo decirlo, yo era uno de esos niños ligeramente afeminados y que hasta cierta edad tienen un aspecto ambiguamente hermafrodita. Pero ese tema nunca se trató en la familia.
Mi padre murió a raíz de un fuerte golpe en la cabeza que se dio con una escalera de hierro. Pero no murió inmediatamente después del golpe, sino que sobrevivió por algún tiempo durante el cual sufrió frecuentes episodios de locura y ataques de violencia contra los propios miembros de su familia. Él que había sido siempre tan dulce y paciente, (aunque severo y riguroso), acostumbrado a tratar siempre con niños a los que impartía sus conocimientos gimnásticos, él que nunca se había permitido levantar la voz al reprendernos, después del fatídico golpe sufrido su personalidad cambió por completo, se enojaba y enfurecía sin razón aparente, padecía continuas depresiones, y habiendo sido siempre tan sociable, ahora se recluía en su habitación y no quería ver a nadie. Tenía imprevistas rabietas sin motivo aparente y una noche amenazó a mamá durante la cena con el cuchillo de trinchar la carne. Creímos que iba a matarla, pero cuando se abalanzó sobre ella vociferando y largando espumarajos por la boca, tuvo como un ahogo, profirió un ronco estertor y cayo desmayado.
Y otra noche, poco tiempo después, atacó a Sidonia, nuestra hermana menor.
Sidonia era enfermita, y él que siempre había tenido a la fragil Sidonia como su preferida, en mitad de la noche intentó violentarla como un salvaje, y tuvimos que separarlo porque parecía dispuesto a estrangularla.
La muerte de mi padre me sumió finalmente en un profundo sentimiento de culpa. A los 19 años puede decirse que un joven se encuentra en plena floración y descubrimiento de su propia sexualidad que en el caso de mi persona se veía rodeada de una serie de equívocos ya que yo me veía a mi mismo con marcados rasgos y tendencias femeninas que debía ocultar aun ante mis hermanos. En ese contexto la educación que nos impartía mi padre no puedo decir que haya sido beneficiosa tomando en cuenta mi caso particular.
 Mi padre, el Dr. Moritz Schereber fue un famoso pedagogo y educador infantil además de perfecto gimnasta, y varias generaciones alemanas se educaron con sus métodos y sus libros de gimnasia para niños.
Mi padre creía en la aplicación de métodos correctivos para la formación de los niños y uno de sus inventos mas difundidos eran los aparatos especiales para corregir las posiciones defectuosas de los niños en la mesa y en la cama. Había aparatos para corregir posiciones de sentado que nos obligaban a estar sentados con la espalda bien recta y los hombros hacia atrás. Otros aparatos corregían el cuello para mantener la cabeza bien erguida. Y había otros que ayudaban a mantener una postura correcta en la cama. Estos aparatos que mi padre mismo fabricaba y vendía en cantidades considerables puesto que habían obtenido total aceptación entre los educadores se llamaban técnicamente Geradchalter, pero mi padre y nosotros en casa los denominábamos con el inocente nombre de “Willys” y consistían en aros metalicos de diferentes tamaños que se ajustaban a cuellos, brazos y cintura y que se apretaban con hebillas y correas de cuero. Pero aunque los designásemos con un nombre tan inocente, para mi y mis hermanos eran considerados como verdaderos aparatos de tortura. 
El “Willy” corrector de cuello tenía una siniestra semejanza con el garrote vil, el instrumento de tortura y muerte muy utilizado en la edad media.
 El “Willy” corrector de cintura se parecía mucho al espinado silicio de los monjes autoflagelantes y en mi hermanita parecia tambien un cinturón de castidad. 
Y los “willys” de muñeca que durante el sueño mantenía nuestras manos fuera de las sábanas y que hacían impòsible cualquier intento de manoseo sexual o masturbación parecían las esposas que aprisionaban a los delincuentes o los grilletes de los esclavos.
Ahora tenía 19 años y hacía mucho tiempo que ya no los usaba, mis posiciones en la mesa y en la cama eran correctas, pero una noche mientras me desnudaba en mi habitación al ir a dormir y me disponía a ponerme el traje pìjama encontré en el fondo del armario el antiguo Willy de cintura que yo estaba obligado a usar cuando era niño. Al verlo tuve una sensación de natural fastidio, pero en seguida me llamó la atención la apreciación de lo chico que era el willy en relación a lo mucho que yo había crecido. Lo tomé, lo abrí y me lo puse para medir cuanto había cambiado, pero me sorprendió comprobar que a pesar de haberme parecido tan pequeño a primera vista todavía alcanzaba a ceñirme la cintura. Entonces tanto no había crecido…
 Siempre fui de constitución física mas pequeña en comparación con los chicos mas desarrollados de mi clase. Desnudo frente al espejo del ropero ajusté el Willy a mi cintura que ahora me quedaba como un ajustado cinturoncito. La hebilla entraba en el último agujerito y pensé que era una suerte que ya no tuviese que usar ese incómodo adminículo.
En el mismo instante en que metía la hebilla en el agujero del cinturón sentí perturbado que mi sexo se estremecía en una incipiente pero incontrolable erección. El Willy de cintura me había hecho recordar el temprano descubrimiento de la sexualidad infantil. Pensar que yo había sido muy inocentón de niño, puesto que naturalmente no sentía la compulsión de frotar mis genitales y cualquiera hubiese pensado que era un niño bastante asexuado, pero las técnicas de mi padre y muy en especial los willys habían oficiado en mi con el poder de esa figura conocida en retórica con el término de “preterición” y que consiste en cuando en la pintura o en la escultura la hoja de parra o el velo que tapa el sexo cumple una función ambigua consistente en llamarnos la atención al intentar ocultar eso mismo que con su presencia pone en relieve. Digamos que cumple una función indexal rara en la que el signo-índice (la hoja de parra) cumple en señalarnos escrupulosamente el lugar mismo de su objeto, el sexo, pero superponiéndose a él para que pase inadvertido. Se nos remite a lo que hay como si no existiera, se habla de alguna cosa aparentando no decirla.
Los willys despertaron mi curiosidad acerca de que entonces había algo que no había que hacer, algo que no había que tocar y con la formulación tácita de ese enigma asistí al despertar de mi sexualidad. Mi padre me había educado como a todos mis hermanos con la convincente técnica pedagógica que una advertencia, o un golpe en las manos era suficiente para que el niño desistiese de coger la fruta, pero ya adolescente y libre de los willys logre burlar la prohibición y experimentar algunos ligeros reconocimientos del funcionamiento de mis genitales, aunque a decir verdad ese hábito nunca llegó a convertirse en una obsesión, pero lo cierto es que cada tanto mi “hombrecito” (mi scherebercito en el original) despertaba, se agitaba y erguía, y para obtener cierto alivio entonces debía ser frotado y manipulado frenéticamente hasta derramar al fin su acaramelado esperma. Me senté desnudo al borde de mi cama mirándome en el espejo del armario. Mi pene se erguía con una dureza insoportable e insistente y aunque nunca me sentí muy orgulloso de mi pene su repentino agrandamiento me impulsaba a encontrar alguna pronta satisfacción. Cogí la fruta y comencé a frotarla. Había entrevisto ya algunas veces en la playa y en el gimnasio que mis compañeros tenían penes mas grandes que el mío y eso me acomplejaba pero yo era mas pequeño en todo, y las medidas deben tenerse en cuenta de acuerdo a las proporciones generales y lo cierto es que considerando el hecho de que no existiesen penes mas grandes, las medidas de mi pene me parecían suficientes para satisfacerme. Echado en mi cama enseguida sentí deseos de elevar mis piernas hacia el techo. Naturalmente adoptaba esa posición femenina mientras con una mano sacudía el muñeco y con la otra introducía un dedo en el ojo de mi dios posterior y solo de esa manera alcanzaba el orgasmo. Pero aquella noche por pura torpeza terminé cometiendo un hecho de sangre. Al elevar mi cintura la punta de mi pene rozó la hebilla metálica del cinturón del Willy y un gotón de sangre brotó de mi glande junto al chorro de esperma. Me sobresalté pero logré parar la sangre enseguida y comprobar que había sido solo un rasguño.
Fue al día siguiente al volver de la universidad cuando me avisaron que mi padre se había herido de un golpe en la cabeza con la escalera de hierro. Afortunadamente el golpe, aunque muy fuerte no había alcanzado a ser mortal y mi padre se hallaba convaleciente y en observación. Y fue desde entonces que la culpa se instaló en mi alma con su dardo despiadado, mas ineludible al fin cuando a los pocos meses luego de reiterados ataques de locura y violencia mi padre abandonó definitivamente este mundo a la edad de 53 años.


(continuará)




(continuación)


Mi hermano Gustavo, apenas tres años mayor que yo tuvo que ocupar el puesto del jefe de la familia. Se había recibido de bioquímico y ya trabajaba de perito para los tribunales de la ciudad mientras yo terminaba de cursar la carrera jurídica. 
Me recibí de Doctor en Jurisprudencia con las mejores notas y enseguida comencé a dar clases particulares y a trabajar como ayudante consejero en el bufette del Dr, von W.
Pero mi verdadero interés estaba puesto mas que en las leyes en el mundo del arte y de las letras.
En el año 1876 yo tenía 35 años, era soltero y no pensaba en casarme y fue por entonces que Richard y Kozima Wagner inauguraron los festivales de Bayreuth lo que se convirtió en el mayor acontecimiento cultural del siglo. 
Me gustaba mucho viajar y ya conocía varias ciudades importantes de Alemania por lo que decidí asistir a la inauguración de los festivales. 
Iba en el tren de la linea Leipzig-Dresde confortablemente instalado en mi asiento del wagon leyendo el best seller recientemente publicado por el filósofo Frederik Nietzsche. 
Había conocido al taciturno Frederich en el afamado colegio de Pforta. Niestzche, tres años mayor que yo estaba en un curso superior, pero nos conocimos en la biblioteca de la universidad y trabamos amistad.

Fue en plena efervescencia de Bayreuth cuando conocí al insólito Sr. Theodor Beher quien también asistía al festival por ser un exaltado admirador de la música de Wagner.
Despertó mi interés cuando solícitamente me alcanzó su tarjeta de presentación en la que se leía:

     Sr. Theodor Beher – Empresario Teatral.

Después de presenciar la admirable representación nos encontramos en el restaurante y luego de cenar caminamos rumbo a nuestros respectivos hospedajes conversando amablemente. Atravesábamos el parque de los Megalitos en plena noche comentando los pormenores de la opera. Había sido una velada maravillosa a la que habían asistido las mas altas personalidades, el Kaiser Guillermo 1º, El emperador don Pedro 2º de Brasil, Luis 2º de Baviera, Frederich Nitzstche, Anton Bruckner, Edward Grieg, Piotr Chaikovski, Camile Sain Saens y Franz Liszt, entre otras grandes luminarias de la nobleza europea.
Mientras tarareaba los compases de la ópera a la que habíamos asistido el Sr Beher me confió el verdadero motivo de su presencia en Bayreuth. Rodeando sus palabras de un halo de misterio me contó que había asistido por una cuestión profesional, ya que a su manera, él también era músico y compositor, aunque por supuesto no de música clásica sino de música popular. En efecto, administraba un cabaret en Berlín, llamado elegantemente “Fin de Ciècle” en el que las mayores atracciones de su cartelera eran sus músicos, sus cantantes y sus bailarinas. Allí, él también había podido desarrollar sus dotes artísticas componiendo las canciones para sus vedettes. Pero la verdad es que no había sido muy agraciado como compositor y aprovechaba su admiración por Wagner para "apropiarse" humildemente de algunas de sus melodías más pegadizas y convertirlas en exitosas canciones para su cabaret.
 Se levantó la manga del saco y pude ver en su puño almidonado rápidas anotaciones a lápiz de los principales compases de la ópera.
·         Sus composiciones son grandiosas, pero yo las adapto al sentir popular, cambio algunos acordes aquí y allá, acelero un poco el ritmo y obtengo perfectas composiciones para disfrute de los plebeyos clientes de mi cabaret.
Y ahí nomás como dándome un claro ejemplo de su recreación silvó el leitmotiv como si fuese un ritmo de dancing.
Además de apropiarse de las mejores melodías del maestro, también copiaba los grandiosos bocetos escenográficos del festival que luego reducía en escala y adaptaba a sus pequeñas puestas en escena en los  ámbitos de su cabaret.
Y esa misma noche antes de separarnos casi al amanecer, el Sr. Beher me invitó formalmente a conocer su cabaret en Berlín si yo tenía el agrado de acompañarlo en el tren de la tarde que cubría la linea directa Bayrhut-Berlín.
Sin que yo me hubiese decidido a seguirlo, a la tarde siguiente tomamos el mismo tren puesto que yo pensaba volder a Dresde, pero durante el viaje, mientras tomábamos el té en el coche comedor, el Sr. Beher me contó entre los varios temas de su interminable charla que su joven hija Sabina era la estrella máxima de la compañía, y esta confidencia despertó mi curiosidad, a tal punto que decidí seguir al Sr. Beher hasta Berlín.

¿Qué fue lo que me hizo a mi que soy tan reservado, trabar repentina amistad con este hombre? Algo en su mirada me resultaba a la vez enigmático y familiar.

(continuará)






(continuación)


Al llegar me alojé en un hotel céntrico, y luego de recorrer un poco la ciudad, esa misma noche concurrí al Fin de Siglo, el afamado cabaret del Sr. Beher, situado en uno de los barrios más populares y comerciales. La entrada es un estallido de luces que titilan alumbrando las fotos de los artistas y adentro un humo denso flotando en medio de una especie de bar o de prostíbulo. Y es cierto que la ambientación del local simula la grandiosidad de las escenografías de Bayrhut, que apretujadas en un lugar tan estrecho producen un efecto sofocante. Hay columnas gigantes con complejos capiteles notablemente reducidas y desparramadas entre las mesas y en el pequeño escenario se ven edificios monumentales. Una mujer canta, luego otra., después un número de baile con vistosas coristas, y a continuación una extraña pareja bailando un exótico tango alemán. La mujer es bella y seductora, pero su partenaire... De pronto quedé paralizado. Mi atención se centró en los bailarines y su erótica danza y en especial en el partenaire de la bella. Me resultaba conocida su mirada sombría y ese cabello negro aplastado por el fijador, su nariz fina y larga, sus mejillas pálidas y las oscuras pestañas que sombreaban sus ojos. Rápidamente traté de descifrar todas las facetas de ese rostro huidizo en los giros y evoluciones de la danza. Por momentos gira veloz y luego dejo de verlo al dar la espalda. Pero con los últimos compase y el avance para saludar noté que lo que tanto me llamaba la atención era el extraño parecido del muchacho de frack negro que había bailado, con mi hermano Gustavo. No había nada raro, era solo un simple parecido, aunque tal vez un parecido muy notable por cierto. El público los aplaudió a rabiar y el escenario se apagó al tiempo que se encendieron las luces de sala para un breve intervalo.
Enseguida vi que el Sr. Beher se acercaba a mi mesa acompañado por el bailarín del tango. Era de contextura grande como el mismo sr. Beher y muy desarrollado y bastante robusto, pero a medida que se acercaban note que no era mas que un adolescente, aunque con todo el maquillaje a su favor parecía un hombre adulto. Si, era muy parecido a mi hermano mayor, Gustavo, y podría haber pasado como su doble, aunque bastante mas joven, puesto que Gustaba tenía al presente treintiocho años y el bailarín al llegar frente a mi note que era apenas un muchachito. Pero había aun otra diferencia: en la casi continua sonrisa que dibujaba su boca había algo extraviado y equívoco que por cierto Gustavo nunca había tenido, y esa notable diferencia hizo que cuando pude observarlo de cerca, viera que por supuesto no era mi hermano Gustavo, sino un personaje de repente incógnito, y casi me costó creer lo que oía cuando el Sr. Beher me dijo muy formalmente:
- Dr. Schrever, tengo el honor de presentarle a mi hija Sabina.

El Sr. Beher me había dicho en Bayrouth que su hija Sabina no había viajado con él porque había quedado al frente de la compañía, pero la verdad no era esa, puesto que una muchacha de dieciseis años nunca podría haberse hecho cargo del local con las funciones, los artistas y el numeroso personal, por mas que hubiese estado bien entrenada tendría además que ser una luz en los negocios. En realidad, El Fin de Siglo había quedado a cargo de las viejas estrellas ex-amantes sucesivas del Sr. Beher a quienes él llamaba cariñosamente sus Enanas Rojas, y lo cierto es que ellas se habían quedado a cargo de Sabina, y el sr. Beher pensaba que había estado muy acertado en no llevar a Sabina consigo en el viaje al refinado esplendor intelectual de Bayrouth, ya que el mismo Sr. Beher consideraba a la joven Sabina como una persona no suficientemente... presentable.
Sabina era a pesar de su robusta constitución física, débil y enfermiza y por más que su padre la mirase con amor, no podía dejar de ver en ella el cuerpo y los modales de un muchacho. Hasta tenía un vello oscuro en el cuerpo y una leve sombra de bigote sobre el labio superior. Pero lo que mas avergonzaba al Sr. Beher era que fuese torpe y de maneras vulgares en extremo. Encima esa continua sonrisa semiburlona ligeramente caída hacia un lado, esa sonrisa que era casi un estigma en el rostro de Sabina y el mayor motivo de aflicción del Sr. Beher. Él había creído siempre que la ladeada sonrisa de su hija era la exacta expresión de la idiotez, pero no era así ya que Sabina no era nada tonta. Aunque no fue posible hacer que estudiase en la escuela, pensaba y sentía normalmente, pero tenia eso que... se burlaba de todas las cosas, y lo peor era que lo expresaba abiertamente y eso creaba continuos problemas con la gente. Pero en fin, había aprendido a bailar y lo hacía muy bien, en ese aspecto era muy talentosa, aunque también en eso había algo marcadamente equívoco; desde chiquita le gustaba hacer en el baile, el papel del hombre.
Sabina siempre decía lo que se le pasaba por la cabeza y muchas veces esto creaba serios problemas. Pero aunque esto molestase al sr. Beher, al mismo tiempo le producía cierto placer, y cuando presentaba a Sabina sabía que lo que ella hiciese o dijese de inconveniente, además de ser divertido, expresaría también un poco de su oculto desprecio por el inalcanzable mundo de la nobleza y la alta burguesía.
Cuando el Sr. Beher hizo la presentación oficial, su hija Sabina se inclinó ante mí, puso ojos de gato y frunció los labios para dejar oír uno de esos maullidos de gata copulando que parece un bebé estrangulado, gritando:
-      ¡Waaa… Wa!...
No pude evitar un estremecimiento que me puso los pelos de punta, pero en ese mismo momento, en el escenario, un payaso tocó una estridente corneta haciendo girar una matraca, por lo que percibí el irrespetuoso saludo de Sabina en medio de todo un concierto cacofónico que me hizo pensar que toda la presentación era parte del espectáculo. Enseguida, Sabina, con técnica de ventrílocuo  hizo oír una voz de muñeco que decía:
-      ¡Mucho gusto en conocerla, vieja bruja!
El Sr. Beher fingió sobresaltarse y reprendió duramente a su hija:
-      ¡Sabín, no sea irrespetuosa! El Sr. Schrever es dr. en leyes y juez de la ciudad de Dresde.
Sabina se recompuso, golpeó los talones y haciendo el saludo militar dijo:
-      ¿Es un gran honor conocerlo, sr. Prrresidente. –dijo Sabina pronunciando la prrr como un largo pedorreo bucal.
Lejos de ofenderme, su salida me causó tanta gracia que largué la carcajada y todos nos echamos a reír mientras en el escenario el payaso batía el bombo.
En ese momento el sr. Beher fue llamado para atender a unos clientes y Sabina y yo nos quedamos solos.
El bullicio cabaretero obligaba a subir la voz para hacerse oír  así que sobrepasando el ruido de fondo dije:
-      Me gustó mucho su vals.
-      No es un vals, Sr. es el “tangó” que viene de Rotterdam y que saben tocar los marineros en el bandoneón.
 Sabina ha dejado de lado su estilo burlón porque al no estar su padre la invade cierta timidez.
El mozo trajo licores.
Al estar sentados juntos no pude evitar ver en Sabina el parecido con mi hermano Gustavo. Mientras ella hablaba del origen del Tangó, yo pensaba que se parecía mucho a Gustavo a los quince años, así, arrogante por querer demostrar sus conocimientos intelectuales, y lo bien que había aprendido todo él primero, como hermano mayor.
Pero había algo en el rostro de Sabina que no encuadraba con la imagen de Gustavo y era su molesta sonrisa asimétrica. La boca de Gustavo era perfecta, y los labios mas carnosos que los de Sabina, pero perfectos, y hasta deseables por momentos. Después de cuantas peleas infantiles había deseado besarlo para ser perdonado. En cambio la boca de Sabina tenía esa expresión burlona tan desagradable, mas ahora que al no estar su padre ella fingía que su sonrisa burlona era más bien una tara hereditaria característica de la familia Beher. Recordé famosa pinturas de familias reales cuyos miembros ostentaban marcados rasgos de degeneración. La larga nariz con montura de los Ausburgos era un rasgo marcadamente equino. Y Sabina tenía la misma expresión despectiva de los Hohenzolen.
-      Baila usted muy bien –le dije –Se nota que lo lleva usted en la sangre.
-      Bailar es lo que más me gusta –respondió ella –y aquí bailo casi todas las noches. Cuando no bailo me parece que no existo.  
Debido tal vez al licor o a la extrema sinceridad de Sabina, yo estaba teniendo pensamientos osados. Pensé que en esa ambigua ocasión la realidad estaba proponiéndome la posibilidad a través de Sabina, de amar a mi hermano Gustavo. La proximidad de su rostro se confundía con la presencia de mi hermano.
Pero por cierto que Gustavo no tenía ese gesto despectivo en la boca.
Esas fueron las circunstancias en que conocí a mi esposa, yo tenía entonces treintiseis años y ella era apenas una adolescente de diecisiete años.
Pasé varios días en Berlín con Sabina que me llevaba a conocer los lugares mas destacados de la ciudad. Hasta que una mañana recibí un telegrama de mi madre diciendo que mi hermano Gustavo estaba muy enfermo, por lo que tuve que volver urgentemente a Dresde.

(continuará)


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Sombrío y nebuloso como un fantasma, Gustavo  primogénito  Schreber, era tres años mayor que yo.  Perito Químico, en su laboratorio trabajaba para los tribunales de la ciudad analizando sustancias tales como muestras de sangre, orina y otras secreciones presentadas como prueba en diferentes tipo de juicios.
Su juventud se detuvo a los 22 años cuando al morir nuestro padre tuvo que trabajar para mantener a la familia.

Al llegar a mi casa luego del largo y fatigoso viaje desde Berlin a Dresde tuve  una conversación con mi madre quien me puso al tanto de los hechos acontecidos durante mi ausencia. Antes de entrar a la habitación de mi hermano me advirtió que Gustavo no hablaba con nadie. Llevaba días sin hablar, sin comer y sin dormir casi a pesar de los somníferos recetados por su doctor. Con los ojos muy abiertos miraba el techo con expresión de horror.
 Mi madre me contó que hacía una semana Gustavo  había sido convocado para trabajar con el Dr. Flechzig en la Universidad de Leipzig, en el hospital para enfermos nerviosos. Gustavo había estado frecuentando el hospital y en esos días se lo había notado sumamente nervioso y contrariado. Cuando le preguntaron qué le pasaba respondió sin dar mas detalles que algo andaba mal en el trabajo. Luego había sufrido una extraña crisis nerviosa en su laboratorio donde había destruido unos equipos muy valiosos. Pero el hecho no había pasado a mayores y había sido enviado a casa para unos días de descanso con la toma de unos tranquilizantes. Volvió al trabajo, pero ayer tuvo una recaída y lo han traído del hospital completamente paralizado e inerte como un muerto en vida.
Luego hablé con mi hermana Klara y ella me contó que el ayudante de Gustavo cuando ella habló con él se mostró muy temeroso y como si ocultase algo, pero no había logrado sacarle una palabra. Klara insinuó que yo debería hablar con él y me dio el número de teletrófono de la oficina. Así que lo llamé y me comuniqué con el ayudante.
Nos encontramos en un lugar apartado porque no quería que nos viesen juntos y caminamos separados hasta el bosquecillo de un parque suburbano.
El ayudante era un muchachito joven que se había diplomado en bioquímica y hacía sus primeras prácticas junto a mi hermano.
Dimos un rodeo asegurándonos que nadie nos seguía.
-      Señor Pablo, –me dijo por fin el ayudante -… todo está relacionado con esos análisis, y también, sin duda, con esa larga entrevista secreta que mantuvo el Sr. Gustavo con el director del hospital, al final de la cual rompió los aparatos del laboratorio.
Ahora le diré algo acerca de los análisis, pero no me atrevo a sostener mis palabras en forma oficial porque no tengo pruebas de nada, pero el caso es que su hermano tenía el resultado de análisis que se habían realizado a pacientes nerviosos fallecidos en el hospital ante una demanda de sus familiares. En todos los análisis se había encontrado en la sangre el mismo veneno químico. Cuando su hermano presentó los análisis, estos habían sido robados y suplantados por otros fraguados. Eso era todo lo que sabía porque se lo había comentado extrañado el propio Sr. Gustavo, pero de la entrevista con el director del hospital nada podía decir, puesto que había tenido que esperar en la antesala mientras el Sr. Gustavo hablaba con el director, pero la entrevista había sido muy larga, Gustavo había estado en el despacho del director cerca de dos horas y lo cierto es que salió de allí muy irritado.
Eso era todo lo que sabía.
-      Pero si me llaman a declarar –agregó –diré que no sé nada. No quiero tener problemas, usted ya sabe, el director del hospital es ese hombre, el extraño Dr. Flechzig.
   Su hermano dijo algo raro, al parecer el abuelo   del director había matado al abuelo de usted. Una historia que no acabo de entender, pero él me aseguró que la rivalidad de sus familias era ancestral. ¿Usted lo conoce Sr. Pablo? Ese hombre me dá miedo, parece ultraterreno… lampiño y albino, pelo blanco, pestañas blancas… y esos ojos glaucos…

Lo que fuera que le hubiese pasado a mi hermano yo lo percibía como algo sumamente oscuro y misterioso y siniestro.

(continuará) 







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