(Este texto se emite por entregas mensuales,y se lee, a diferencia de otros blogs de arriba para abajo, por lo cual, las nuevas entregas están al final de la página.)
"Memorias de un Enfermo Nervioso"
"Memorias de un Enfermo Nervioso"
Capitulo lll
“Si no existiese la escritura
estaríamos
sometidos a
terribles
depresiones.”
Peter Greenway
Peter Greenway
Sabina
Beher,
viuda
de Daniel Pablo Schrever
es
quien intenta reproducir aquí, valiéndose solo de recuerdos, el
capitulo lll de las Memorias de un Enfermo Nerviosos.
Como
es ya de público conocimiento, mi esposo publicó sus memorias en
1903 y al poco tiempo el libro se agotó en todas las librerias,
haciéndo suponer al principio que había sido un éxito de ventas,
pero pronto nos enteramos que el libro no había llegado a venderse
porque la familia de mi esposo había adquirido y retirado de
circulación todos los ejemplares en existencia en todas las
librerías de la ciudad.
Este
complot familiar sumió a mi esposo en una terrible depresión ya que
por su expresa disposición las Memorias se habían publicado
omitiendo el capítulo lll en consideración a la familia Schrever.
Pero esa discreción parecía no haber sido suficiente ya que la
despótica familia retiro la totalidad de los ejemplares en un
intento de que su ilustre apellido y las intimidades familiares no
fuesen expuestas ante la opinión pública.
Poco
tiempo después murió la madre de mi esposo a la avanzada edad de
92 años. Yo también estuve gravemente enferma y el caso es que
todas estas adversidades juntas hicieron que la enfermedad mental de
mi esposo volviese a manifestarse por lo que tuvo que ser internado
esta vez en la clínica del Asilo de Dosen en Leipzig donde finalmente murió en 1911.
En
lo que respecta al capítulo lll de las memorias, la actitud de mi
esposo fue cambiando en los últimos años de su vida. Durante el
tiempo que escribió sus memorias en el asilo de Sonnenstein yo conocí el
contenido del capitulo lll puesto que en mis frecuentes visitas, él
mismo me leía extensos párrafos de sus textos para que yo opinase y
lo aconsejase.
En el momento de la publicación me pareció acertado que eliminase el capitulo lll por respeto al honorable Dr Flechzig que aún vivía. Luego el secuestro de la publicación por parte de sus familiares lo sumió en la desesperación. Pero al morir su madre su actitud cambió. Un día, desolado, me leyó el capitulo lll, que no había sido publicado pero que aún formaba parte de su original manuscrito, y diciendo que esos escritos nunca deberían echar la mas mínima sombra sobre la memoria de su madre, lo quemó ante mis propios ojos.
En el momento de la publicación me pareció acertado que eliminase el capitulo lll por respeto al honorable Dr Flechzig que aún vivía. Luego el secuestro de la publicación por parte de sus familiares lo sumió en la desesperación. Pero al morir su madre su actitud cambió. Un día, desolado, me leyó el capitulo lll, que no había sido publicado pero que aún formaba parte de su original manuscrito, y diciendo que esos escritos nunca deberían echar la mas mínima sombra sobre la memoria de su madre, lo quemó ante mis propios ojos.
Mi
esposo murió poco tiempo después el 14 de abril de 1911.
Pronto se cumplirá ahora un año de su desaparición y yo Sabina Beher viuda de Schrever a la edad de 54 años y en plena posesión de mis facultades mentales y en carácter de heredera universal y albacea de los bienes de mi esposo me he propuesto dar a conocer el misteriosos contenido del capitulo lll de las Memorias tal como yo lo recuerdo pero con mis propias palabras que no ya con el cuidado estilo del autor.
Entiendan los lectores que me resulta muy dificil tratar de reproducir un texto que me fue leído por mi esposo tal ves dos o tres veces no mas y hace ya muchos años, y que puede ser la clave para comprender la totalidad de su obra.
Pronto se cumplirá ahora un año de su desaparición y yo Sabina Beher viuda de Schrever a la edad de 54 años y en plena posesión de mis facultades mentales y en carácter de heredera universal y albacea de los bienes de mi esposo me he propuesto dar a conocer el misteriosos contenido del capitulo lll de las Memorias tal como yo lo recuerdo pero con mis propias palabras que no ya con el cuidado estilo del autor.
Entiendan los lectores que me resulta muy dificil tratar de reproducir un texto que me fue leído por mi esposo tal ves dos o tres veces no mas y hace ya muchos años, y que puede ser la clave para comprender la totalidad de su obra.
Por
lo tanto debo advertir que yo recuerdo con claridad el contenido
“argumental” del capitulo lll, y sin duda se me olvidan tal vez
detalles narrativos, pero en esencia el contenido del capitulo lll de
la Memorias era tal como yo aquí lo expongo a continuación.
Sabina
Beher
Berlín 1912
Daniel
Pablo Schreber
“Memorias
de un enfermo nervioso”
Capítulo
lll
Lo
expuesto en el capítulo 1 y 2 fue necesario para preparar la
comprensión de lo que sigue. Lo que hasta aquí no pudo, en parte,
ser sentado más que como un axioma, recibirá ahora la
fundamentación que el estado del asunto posibilita.
Trataré
en primer lugar algunos hechos acaecidos a otros miembros de mi
familia que concebiblemente podrían estar en relación con el
presunto almicidio, y que, de todas maneras, llevan impresos todos
ellos un sello más o menos enigmático, difícil de aclarar por
medio de otras experiencias humanas.
Mi
padre murió cuando yo tenía 19 años. Yo era un joven frágil por
entonces, a pesar de las continuas prácticas gimnásticas a las que
él me había sometido desde niño. Ahora puedo decirlo, yo era uno
de esos niños ligeramente afeminados y que hasta cierta edad tienen
un aspecto ambiguamente hermafrodita. Pero ese tema nunca se trató
en la familia.
Mi
padre murió a raíz de un fuerte golpe en la cabeza que se dio con
una escalera de hierro. Pero no murió inmediatamente después del
golpe, sino que sobrevivió por algún tiempo durante el cual sufrió
frecuentes episodios de locura y ataques de violencia contra los
propios miembros de su familia. Él que había sido siempre tan dulce
y paciente, (aunque severo y riguroso), acostumbrado a tratar siempre
con niños a los que impartía sus conocimientos gimnásticos, él
que nunca se había permitido levantar la voz al reprendernos,
después del fatídico golpe sufrido su personalidad cambió por
completo, se enojaba y enfurecía sin razón aparente, padecía
continuas depresiones, y habiendo sido siempre tan sociable, ahora se
recluía en su habitación y no quería ver a nadie. Tenía
imprevistas rabietas sin motivo aparente y una noche amenazó a mamá
durante la cena con el cuchillo de trinchar la carne. Creímos que
iba a matarla, pero cuando se abalanzó sobre ella vociferando y
largando espumarajos por la boca, tuvo como un ahogo, profirió un
ronco estertor y cayo desmayado.
Y
otra noche, poco tiempo después, atacó a Sidonia, nuestra hermana
menor.
Sidonia
era enfermita, y él que siempre había tenido a la fragil Sidonia
como su preferida, en mitad de la noche intentó violentarla como un
salvaje, y tuvimos que separarlo porque parecía dispuesto a
estrangularla.
La
muerte de mi padre me sumió finalmente en un profundo sentimiento de
culpa. A los 19 años puede decirse que un joven se encuentra en
plena floración y descubrimiento de su propia sexualidad que en el
caso de mi persona se veía rodeada de una serie de equívocos ya que
yo me veía a mi mismo con marcados rasgos y tendencias femeninas que
debía ocultar aun ante mis hermanos. En ese contexto la educación
que nos impartía mi padre no puedo decir que haya sido beneficiosa
tomando en cuenta mi caso particular.
Mi padre, el Dr. Moritz Schereber fue un famoso pedagogo y educador infantil además de perfecto gimnasta, y varias generaciones alemanas se educaron con sus métodos y sus libros de gimnasia para niños.
Mi padre, el Dr. Moritz Schereber fue un famoso pedagogo y educador infantil además de perfecto gimnasta, y varias generaciones alemanas se educaron con sus métodos y sus libros de gimnasia para niños.
Mi
padre creía en la aplicación de métodos correctivos para la
formación de los niños y uno de sus inventos mas difundidos eran
los aparatos especiales para corregir las posiciones defectuosas de
los niños en la mesa y en la cama. Había aparatos para corregir
posiciones de sentado que nos obligaban a estar sentados con la
espalda bien recta y los hombros hacia atrás. Otros aparatos
corregían el cuello para mantener la cabeza bien erguida. Y había
otros que ayudaban a mantener una postura correcta en la cama. Estos
aparatos que mi padre mismo fabricaba y vendía en cantidades
considerables puesto que habían obtenido total aceptación entre los
educadores se llamaban técnicamente Geradchalter, pero mi
padre y nosotros en casa los denominábamos con el inocente nombre de
“Willys” y consistían en aros metalicos de diferentes tamaños
que se ajustaban a cuellos, brazos y cintura y que se apretaban con
hebillas y correas de cuero. Pero aunque los designásemos con un
nombre tan inocente, para mi y mis hermanos eran considerados como
verdaderos aparatos de tortura.
El “Willy” corrector de cuello tenía una siniestra semejanza con el garrote vil, el instrumento de tortura y muerte muy utilizado en la edad media.
El “Willy” corrector de cintura se parecía mucho al espinado silicio de los monjes autoflagelantes y en mi hermanita parecia tambien un cinturón de castidad.
Y los “willys” de muñeca que durante el sueño mantenía nuestras manos fuera de las sábanas y que hacían impòsible cualquier intento de manoseo sexual o masturbación parecían las esposas que aprisionaban a los delincuentes o los grilletes de los esclavos.
El “Willy” corrector de cuello tenía una siniestra semejanza con el garrote vil, el instrumento de tortura y muerte muy utilizado en la edad media.
El “Willy” corrector de cintura se parecía mucho al espinado silicio de los monjes autoflagelantes y en mi hermanita parecia tambien un cinturón de castidad.
Y los “willys” de muñeca que durante el sueño mantenía nuestras manos fuera de las sábanas y que hacían impòsible cualquier intento de manoseo sexual o masturbación parecían las esposas que aprisionaban a los delincuentes o los grilletes de los esclavos.
Ahora
tenía 19 años y hacía mucho tiempo que ya no los usaba, mis
posiciones en la mesa y en la cama eran correctas, pero una noche
mientras me desnudaba en mi habitación al ir a dormir y me disponía
a ponerme el traje pìjama encontré en el fondo del armario el
antiguo Willy de cintura que yo estaba obligado a usar cuando era
niño. Al verlo tuve una sensación de natural fastidio, pero en
seguida me llamó la atención la apreciación de lo chico que era el
willy en relación a lo mucho que yo había crecido. Lo tomé, lo
abrí y me lo puse para medir cuanto había cambiado, pero me
sorprendió comprobar que a pesar de haberme parecido tan pequeño a
primera vista todavía alcanzaba a ceñirme la cintura. Entonces
tanto no había crecido…
Siempre fui de constitución física mas pequeña en comparación con los chicos mas desarrollados de mi clase. Desnudo frente al espejo del ropero ajusté el Willy a mi cintura que ahora me quedaba como un ajustado cinturoncito. La hebilla entraba en el último agujerito y pensé que era una suerte que ya no tuviese que usar ese incómodo adminículo.
Siempre fui de constitución física mas pequeña en comparación con los chicos mas desarrollados de mi clase. Desnudo frente al espejo del ropero ajusté el Willy a mi cintura que ahora me quedaba como un ajustado cinturoncito. La hebilla entraba en el último agujerito y pensé que era una suerte que ya no tuviese que usar ese incómodo adminículo.
En
el mismo instante en que metía la hebilla en el agujero del cinturón
sentí perturbado que mi sexo se estremecía en una incipiente pero
incontrolable erección. El Willy de cintura me había hecho recordar
el temprano descubrimiento de la sexualidad infantil. Pensar que yo
había sido muy inocentón de niño, puesto que naturalmente no
sentía la compulsión de frotar mis genitales y cualquiera hubiese
pensado que era un niño bastante asexuado, pero las técnicas de mi
padre y muy en especial los willys habían oficiado en mi con el
poder de esa figura conocida en retórica con el término de
“preterición” y que consiste en cuando en la pintura o en la
escultura la hoja de parra o el velo que tapa el sexo cumple una
función ambigua consistente en llamarnos la atención al intentar
ocultar eso mismo que con su presencia pone en relieve. Digamos que
cumple una función indexal rara en la que el signo-índice (la hoja
de parra) cumple en señalarnos escrupulosamente el lugar mismo de su
objeto, el sexo, pero superponiéndose a él para que pase
inadvertido. Se nos remite a lo que hay como si no existiera, se
habla de alguna cosa aparentando no decirla.
Los
willys despertaron mi curiosidad acerca de que entonces había algo
que no había que hacer, algo que no había que tocar y con la
formulación tácita de ese enigma asistí al despertar de mi
sexualidad. Mi padre me había educado como a todos mis hermanos con
la convincente técnica pedagógica que una advertencia, o un golpe
en las manos era suficiente para que el niño desistiese de coger la
fruta, pero ya adolescente y libre de los willys logre burlar la
prohibición y experimentar algunos ligeros reconocimientos del
funcionamiento de mis genitales, aunque a decir verdad ese hábito
nunca llegó a convertirse en una obsesión, pero lo cierto es que
cada tanto mi “hombrecito” (mi scherebercito en el original)
despertaba, se agitaba y erguía, y para obtener cierto alivio
entonces debía ser frotado y manipulado frenéticamente hasta
derramar al fin su acaramelado esperma. Me senté desnudo al borde de
mi cama mirándome en el espejo del armario. Mi pene se erguía con
una dureza insoportable e insistente y aunque nunca me sentí muy
orgulloso de mi pene su repentino agrandamiento me impulsaba a
encontrar alguna pronta satisfacción. Cogí la fruta y comencé a
frotarla. Había entrevisto ya algunas veces en la playa y en el
gimnasio que mis compañeros tenían penes mas grandes que el mío y
eso me acomplejaba pero yo era mas pequeño en todo, y las medidas
deben tenerse en cuenta de acuerdo a las proporciones generales y lo
cierto es que considerando el hecho de que no existiesen penes mas
grandes, las medidas de mi pene me parecían suficientes para
satisfacerme. Echado en mi cama enseguida sentí deseos de elevar mis
piernas hacia el techo. Naturalmente adoptaba esa posición femenina
mientras con una mano sacudía el muñeco y con la otra introducía
un dedo en el ojo de mi dios posterior y solo de esa manera
alcanzaba el orgasmo. Pero aquella noche por pura torpeza terminé
cometiendo un hecho de sangre. Al elevar mi cintura la punta de mi
pene rozó la hebilla metálica del cinturón del Willy y un gotón
de sangre brotó de mi glande junto al chorro de esperma. Me
sobresalté pero logré parar la sangre enseguida y comprobar que
había sido solo un rasguño.
Fue
al día siguiente al volver de la universidad cuando me avisaron que
mi padre se había herido de un golpe en la cabeza con la escalera de
hierro. Afortunadamente el golpe, aunque muy fuerte no había
alcanzado a ser mortal y mi padre se hallaba convaleciente y en
observación. Y fue desde entonces que la culpa se instaló en mi
alma con su dardo despiadado, mas ineludible al fin cuando a los
pocos meses luego de reiterados ataques de locura y violencia mi
padre abandonó definitivamente este mundo a la edad de 53 años.
(continuará)
(continuación)
Mi hermano Gustavo, apenas tres años mayor que yo tuvo que ocupar el puesto del jefe de la familia.
Se había recibido de bioquímico y ya trabajaba de perito para los tribunales de
la ciudad mientras yo terminaba de cursar la carrera jurídica.
Me recibí de
Doctor en Jurisprudencia con las mejores notas y enseguida comencé a dar clases
particulares y a trabajar como ayudante consejero en el bufette del Dr, von W.
Pero mi verdadero interés
estaba puesto mas que en las leyes en el mundo del arte y de las letras.
En el año 1876 yo tenía 35
años, era soltero y no pensaba en casarme y fue por entonces que Richard y
Kozima Wagner inauguraron los festivales de Bayreuth lo que se convirtió en el
mayor acontecimiento cultural del siglo.
Me gustaba mucho viajar y ya conocía
varias ciudades importantes de Alemania por lo que decidí
asistir a la inauguración de los festivales.
Iba en el tren de la linea
Leipzig-Dresde confortablemente instalado en mi asiento del wagon leyendo el
best seller recientemente publicado por el filósofo Frederik Nietzsche.
Había
conocido al taciturno Frederich en el afamado colegio de Pforta. Niestzche,
tres años mayor que yo estaba en un curso superior, pero nos conocimos en la
biblioteca de la universidad y trabamos amistad.
Fue en plena efervescencia de
Bayreuth cuando conocí al insólito Sr. Theodor Beher quien también asistía al
festival por ser un exaltado admirador de la música de Wagner.
Despertó mi interés cuando
solícitamente me alcanzó su tarjeta de presentación en la que se leía:
Sr. Theodor Beher – Empresario
Teatral.
Después de presenciar la admirable representación nos
encontramos en el restaurante y luego de cenar caminamos rumbo a nuestros
respectivos hospedajes conversando amablemente. Atravesábamos el parque de los
Megalitos en plena noche comentando los pormenores de la opera. Había sido una
velada maravillosa a la que habían asistido las mas altas personalidades, el
Kaiser Guillermo 1º, El emperador don Pedro 2º de Brasil, Luis 2º de Baviera,
Frederich Nitzstche, Anton Bruckner, Edward Grieg, Piotr Chaikovski, Camile
Sain Saens y Franz Liszt, entre otras grandes luminarias de la nobleza europea.
Mientras tarareaba los compases
de la ópera a la que habíamos asistido
el Sr Beher me confió el verdadero motivo de su presencia en Bayreuth. Rodeando
sus palabras de un halo de misterio me contó que había asistido por una
cuestión profesional, ya que a su manera, él también era músico y compositor, aunque por supuesto no de música clásica sino de música popular. En efecto,
administraba un cabaret en Berlín, llamado elegantemente “Fin de Ciècle” en el
que las mayores atracciones de su cartelera eran sus músicos, sus cantantes y sus bailarinas. Allí, él también había podido desarrollar sus dotes artísticas
componiendo las canciones para sus vedettes. Pero la verdad es que no había
sido muy agraciado como compositor y aprovechaba su admiración por Wagner para "apropiarse" humildemente de algunas de sus melodías más pegadizas y convertirlas
en exitosas canciones para su cabaret.
Se levantó la manga del saco y pude ver
en su puño almidonado rápidas anotaciones a lápiz de los principales compases
de la ópera.
·
Sus composiciones son grandiosas, pero yo las adapto al sentir
popular, cambio algunos acordes aquí y allá, acelero un poco el ritmo y obtengo
perfectas composiciones para disfrute de los plebeyos clientes de mi cabaret.
Y ahí nomás como dándome un
claro ejemplo de su recreación silvó el leitmotiv como si
fuese un ritmo de dancing.
Además de apropiarse de las
mejores melodías del maestro, también copiaba los grandiosos bocetos
escenográficos del festival que luego reducía en escala y adaptaba a sus
pequeñas puestas en escena en los ámbitos de su cabaret.
Y esa misma noche antes de
separarnos casi al amanecer, el Sr. Beher me invitó formalmente a conocer su
cabaret en Berlín si yo tenía el agrado de acompañarlo en el tren de la tarde
que cubría la linea directa Bayrhut-Berlín.
Sin que yo me hubiese decidido
a seguirlo, a la tarde siguiente tomamos el mismo tren puesto que yo pensaba
volder a Dresde, pero durante el viaje, mientras tomábamos el té en el coche
comedor, el Sr. Beher me contó entre los varios temas de su
interminable charla que su joven hija Sabina era la estrella máxima de la
compañía, y esta confidencia despertó mi curiosidad, a tal punto que decidí seguir al Sr. Beher hasta Berlín.
¿Qué fue lo que me hizo a mi
que soy tan reservado, trabar repentina amistad con este hombre? Algo en su
mirada me resultaba a la vez enigmático y familiar.
(continuará)
(continuación)
(continuación)
Al llegar me alojé en un hotel
céntrico, y luego de recorrer un poco la ciudad, esa misma noche concurrí al
Fin de Siglo, el afamado cabaret del Sr. Beher, situado en uno de los barrios más
populares y comerciales. La entrada es un estallido de luces que titilan
alumbrando las fotos de los artistas y adentro un humo denso flotando en medio
de una especie de bar o de prostíbulo. Y es cierto que la ambientación del
local simula la grandiosidad de las escenografías de Bayrhut, que apretujadas
en un lugar tan estrecho producen un efecto sofocante. Hay columnas gigantes
con complejos capiteles notablemente reducidas y desparramadas entre las mesas
y en el pequeño escenario se ven edificios monumentales. Una mujer canta, luego
otra., después un número de baile con vistosas coristas, y a continuación una
extraña pareja bailando un exótico tango alemán. La mujer es bella y seductora,
pero su partenaire... De pronto quedé paralizado. Mi atención se centró en los
bailarines y su erótica danza y en especial en el partenaire de la bella. Me
resultaba conocida su mirada sombría y ese cabello negro aplastado por el
fijador, su nariz fina y larga, sus mejillas pálidas y las oscuras pestañas que
sombreaban sus ojos. Rápidamente traté de descifrar todas las facetas de ese
rostro huidizo en los giros y evoluciones de la danza. Por momentos gira veloz
y luego dejo de verlo al dar la espalda. Pero con los últimos compase y el
avance para saludar noté que lo que tanto me llamaba la atención era el extraño
parecido del muchacho de frack negro que había bailado, con mi hermano Gustavo.
No había nada raro, era solo un simple parecido, aunque tal vez un parecido muy
notable por cierto. El público los aplaudió a rabiar y el escenario se apagó al
tiempo que se encendieron las luces de sala para un breve intervalo.
Enseguida vi que el Sr. Beher
se acercaba a mi mesa acompañado por el bailarín del tango. Era de contextura
grande como el mismo sr. Beher y muy desarrollado y bastante robusto, pero a
medida que se acercaban note que no era mas que un adolescente, aunque con todo
el maquillaje a su favor parecía un hombre adulto. Si, era muy parecido a mi
hermano mayor, Gustavo, y podría haber pasado como su doble, aunque bastante
mas joven, puesto que Gustaba tenía al presente treintiocho años y el bailarín
al llegar frente a mi note que era apenas un muchachito. Pero había aun otra
diferencia: en la casi continua sonrisa que dibujaba su boca había algo
extraviado y equívoco que por cierto Gustavo nunca había tenido, y esa notable
diferencia hizo que cuando pude observarlo de cerca, viera que por supuesto no
era mi hermano Gustavo, sino un personaje de repente incógnito, y casi me costó
creer lo que oía cuando el Sr. Beher me dijo muy formalmente:
- Dr. Schrever, tengo el honor de presentarle a mi hija Sabina.
El Sr. Beher me había dicho en
Bayrouth que su hija Sabina no había viajado con él porque había quedado al
frente de la compañía, pero la verdad no era esa, puesto que una muchacha de
dieciseis años nunca podría haberse hecho cargo del local con las funciones, los
artistas y el numeroso personal, por mas que hubiese estado bien entrenada
tendría además que ser una luz en los negocios. En realidad, El Fin de Siglo
había quedado a cargo de las viejas estrellas ex-amantes sucesivas del Sr.
Beher a quienes él llamaba cariñosamente sus Enanas Rojas, y lo cierto es que
ellas se habían quedado a cargo de Sabina, y el sr. Beher pensaba que había
estado muy acertado en no llevar a Sabina consigo en el viaje al refinado
esplendor intelectual de Bayrouth, ya que el mismo Sr. Beher consideraba a la
joven Sabina como una persona no suficientemente... presentable.
Sabina era a pesar de su
robusta constitución física, débil y enfermiza y por más que su padre la mirase
con amor, no podía dejar de ver en ella el cuerpo y los modales de un muchacho.
Hasta tenía un vello oscuro en el cuerpo y una leve sombra de bigote sobre el
labio superior. Pero lo que mas avergonzaba al Sr. Beher era que fuese torpe y
de maneras vulgares en extremo. Encima esa continua sonrisa semiburlona
ligeramente caída hacia un lado, esa sonrisa que era casi un estigma en el
rostro de Sabina y el mayor motivo de aflicción del Sr. Beher. Él había creído
siempre que la ladeada sonrisa de su hija era la exacta expresión de la
idiotez, pero no era así ya que Sabina no era nada tonta. Aunque no fue posible
hacer que estudiase en la escuela, pensaba y sentía normalmente, pero tenia eso
que... se burlaba de todas las cosas, y lo peor era que lo expresaba
abiertamente y eso creaba continuos problemas con la gente. Pero en fin, había
aprendido a bailar y lo hacía muy bien, en ese aspecto era muy talentosa,
aunque también en eso había algo marcadamente equívoco; desde chiquita le
gustaba hacer en el baile, el papel del hombre.
Sabina siempre decía lo que se
le pasaba por la cabeza y muchas veces esto creaba serios problemas. Pero
aunque esto molestase al sr. Beher, al mismo tiempo le producía cierto placer,
y cuando presentaba a Sabina sabía que lo que ella hiciese o dijese de
inconveniente, además de ser divertido, expresaría también un poco de su oculto
desprecio por el inalcanzable mundo de la nobleza y la alta burguesía.
Cuando el Sr. Beher hizo la
presentación oficial, su hija Sabina se inclinó ante mí, puso ojos de gato y
frunció los labios para dejar oír uno de esos maullidos de gata copulando que
parece un bebé estrangulado, gritando:
- ¡Waaa…
Wa!...
No pude evitar un
estremecimiento que me puso los pelos de punta, pero en ese mismo momento, en
el escenario, un payaso tocó una estridente corneta haciendo girar una matraca,
por lo que percibí el irrespetuoso saludo de Sabina en medio de todo un
concierto cacofónico que me hizo pensar que toda la presentación era parte del
espectáculo. Enseguida, Sabina, con técnica de ventrílocuo hizo oír una voz de muñeco que decía:
- ¡Mucho
gusto en conocerla, vieja bruja!
El Sr. Beher fingió sobresaltarse y reprendió duramente a su
hija:
- ¡Sabín,
no sea irrespetuosa! El Sr. Schrever es dr. en leyes y juez de la ciudad de Dresde.
Sabina se recompuso, golpeó los
talones y haciendo el saludo militar dijo:
- ¿Es un
gran honor conocerlo, sr. Prrresidente. –dijo Sabina pronunciando la prrr como
un largo pedorreo bucal.
Lejos de ofenderme, su salida
me causó tanta gracia que largué la carcajada y todos nos echamos a reír
mientras en el escenario el payaso batía el bombo.
En ese momento el sr. Beher fue
llamado para atender a unos clientes y Sabina y yo nos quedamos solos.
El bullicio cabaretero obligaba
a subir la voz para hacerse oír así que
sobrepasando el ruido de fondo dije:
- Me
gustó mucho su vals.
- No es
un vals, Sr. es el “tangó” que viene de Rotterdam y que saben tocar los
marineros en el bandoneón.
Sabina ha dejado de lado su estilo burlón porque
al no estar su padre la invade cierta timidez.
El mozo trajo licores.
Al estar sentados juntos no
pude evitar ver en Sabina el parecido con mi hermano Gustavo. Mientras ella
hablaba del origen del Tangó, yo pensaba que se parecía mucho a Gustavo a los
quince años, así, arrogante por querer demostrar sus conocimientos
intelectuales, y lo bien que había aprendido todo él primero, como hermano
mayor.
Pero había algo en el rostro de
Sabina que no encuadraba con la imagen de Gustavo y era su molesta sonrisa
asimétrica. La boca de Gustavo era perfecta, y los labios mas carnosos que los
de Sabina, pero perfectos, y hasta deseables por momentos. Después de cuantas
peleas infantiles había deseado besarlo para ser perdonado. En cambio la boca
de Sabina tenía esa expresión burlona tan desagradable, mas ahora que al no
estar su padre ella fingía que su sonrisa burlona era más bien una tara
hereditaria característica de la familia Beher. Recordé famosa pinturas de
familias reales cuyos miembros ostentaban marcados rasgos de degeneración. La
larga nariz con montura de los Ausburgos era un rasgo marcadamente equino. Y
Sabina tenía la misma expresión despectiva de los Hohenzolen.
- Baila
usted muy bien –le dije –Se nota que lo lleva usted en la sangre.
- Bailar
es lo que más me gusta –respondió ella –y aquí bailo casi todas las noches.
Cuando no bailo me parece que no existo.
Debido tal vez al licor o a la extrema sinceridad de Sabina, yo
estaba teniendo pensamientos osados. Pensé que en esa ambigua ocasión la
realidad estaba proponiéndome la posibilidad a través de Sabina, de amar a mi
hermano Gustavo. La proximidad de su rostro se confundía con la presencia de mi
hermano.
Pero por cierto que Gustavo no tenía ese gesto despectivo en la
boca.
Esas fueron las circunstancias
en que conocí a mi esposa, yo tenía entonces treintiseis años y ella era apenas
una adolescente de diecisiete años.
Pasé varios días en Berlín con
Sabina que me llevaba a conocer los lugares mas destacados de la ciudad. Hasta
que una mañana recibí un telegrama de mi madre diciendo que mi hermano Gustavo
estaba muy enfermo, por lo que tuve que volver urgentemente a Dresde.
(continuará)


Sombrío y nebuloso como un fantasma, Gustavo primogénito Schreber, era tres años mayor que yo. Perito
Químico, en su laboratorio trabajaba para los tribunales de la ciudad analizando
sustancias tales como muestras de sangre, orina y otras secreciones presentadas
como prueba en diferentes tipo de juicios.
Su juventud se detuvo a los 22
años cuando al morir nuestro padre tuvo que trabajar para mantener a la
familia.
Al llegar a mi casa luego del
largo y fatigoso viaje desde Berlin a Dresde tuve una conversación con mi madre quien me puso
al tanto de los hechos acontecidos durante mi ausencia. Antes de entrar a la
habitación de mi hermano me advirtió que Gustavo no hablaba con nadie. Llevaba
días sin hablar, sin comer y sin dormir casi a pesar de los somníferos
recetados por su doctor. Con los ojos muy abiertos miraba el techo con expresión
de horror.
Mi madre me contó que hacía una semana
Gustavo había sido convocado para
trabajar con el Dr. Flechzig en la Universidad de Leipzig, en el hospital para enfermos
nerviosos. Gustavo había estado frecuentando el hospital y en esos días se lo
había notado sumamente nervioso y contrariado. Cuando le preguntaron qué le
pasaba respondió sin dar mas detalles que algo andaba mal en el trabajo. Luego
había sufrido una extraña crisis nerviosa en su laboratorio donde había destruido
unos equipos muy valiosos. Pero el hecho no había pasado a mayores y había sido
enviado a casa para unos días de descanso con la toma de unos tranquilizantes.
Volvió al trabajo, pero ayer tuvo una recaída y lo han traído del hospital
completamente paralizado e inerte como un muerto en vida.
Luego hablé con mi hermana
Klara y ella me contó que el ayudante de Gustavo cuando ella habló con él se
mostró muy temeroso y como si ocultase algo, pero no había logrado sacarle una
palabra. Klara insinuó que yo debería hablar con él y me dio el número de teletrófono
de la oficina. Así que lo llamé y me comuniqué con el ayudante.
Nos encontramos en un lugar
apartado porque no quería que nos viesen juntos y caminamos separados hasta el bosquecillo
de un parque suburbano.
El ayudante era un muchachito
joven que se había diplomado en bioquímica y hacía sus primeras prácticas junto
a mi hermano.
Dimos un rodeo asegurándonos
que nadie nos seguía.
- Señor
Pablo, –me dijo por fin el ayudante -… todo está relacionado con esos análisis,
y también, sin duda, con esa larga entrevista secreta que mantuvo el Sr.
Gustavo con el director del hospital, al final de la cual rompió los aparatos
del laboratorio.
Ahora le diré algo acerca de los análisis, pero no me atrevo a
sostener mis palabras en forma oficial porque no tengo pruebas de nada, pero el
caso es que su hermano tenía el resultado de análisis que se habían realizado a
pacientes nerviosos fallecidos en el hospital ante una demanda de sus
familiares. En todos los análisis se había encontrado en la sangre el mismo
veneno químico. Cuando su hermano presentó los análisis, estos habían sido
robados y suplantados por otros fraguados. Eso era todo lo que sabía porque se
lo había comentado extrañado el propio Sr. Gustavo, pero de la entrevista con
el director del hospital nada podía decir, puesto que había tenido que esperar
en la antesala mientras el Sr. Gustavo hablaba con el director, pero la
entrevista había sido muy larga, Gustavo había estado en el despacho del
director cerca de dos horas y lo cierto es que salió de allí muy irritado.
Eso era todo lo que sabía.
- Pero si
me llaman a declarar –agregó –diré que no sé nada. No quiero tener problemas,
usted ya sabe, el director del hospital es ese hombre, el extraño Dr. Flechzig.
Su hermano dijo algo
raro, al parecer el abuelo del director había matado al abuelo de usted.
Una historia que no acabo de entender, pero él me aseguró que la rivalidad de
sus familias era ancestral. ¿Usted lo conoce Sr. Pablo? Ese hombre me dá miedo,
parece ultraterreno… lampiño y albino, pelo blanco, pestañas blancas… y esos
ojos glaucos…
Lo que fuera que le hubiese
pasado a mi hermano yo lo percibía como algo sumamente oscuro y misterioso y siniestro.
(continuará)
-



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